Cuatro décadas y media después de su alternativa en Burgos, el recuerdo de José Cubero sigue encarnando la pureza, el carisma y la desgarradora verdad de la tauromaquia.
El tiempo pasa con una velocidad demoledora, pero hay nombres que se resisten a ser digeridos por el olvido. Hoy se cumplen exactamente 45 años desde aquel 30 de junio de 1981, una tarde en la que la plaza de toros de Burgos fue testigo del nacimiento profesional de un prodigio: José Cubero "Yiyo". Con apenas 17 años, un rostro angelical y una madurez técnica impropia de su edad, el chaval de Canillejas tomó una alternativa de manos de Ángel Teruel, con José María Manzanares como testigo. Lo que vino después es historia, mito y tragedia.
Celebrar el 45º aniversario de su alternativa no es un mero ejercicio de nostalgia estadística; es una necesidad de justicia poética. Yiyo no fue un torero más. Fue el estandarte de una generación, el alumno aventajado de la Escuela Taurina de Madrid que demostró que el valor no está reñido con el academicismo ni la frescura con la responsabilidad. Su toreo tenía la clarividencia de los elegidos: sabía entender a los toros como si leyera sus mentes, templando las embestidas con una naturalidad pasmosa.
"Yiyo poseía esa mezcla invisible de carisma popular y respeto unánime de los puristas; un eslabón dorado que prometía dominar la década de los ochenta."
Sin embargo, hablar de Yiyo es evocar inevitablemente la cara más cruel de la Fiesta. El destino quiso que su nombre quedara ligado para siempre a la tragedia, primero como testigo directo de la muerte de Paquirri en Pozoblanco en 1984, y solo un año después, convirtiéndose él mismo en leyenda inmortal en el ruedo de Colmenar Viejo. Aquel maldito toro "Burlero" le arrebató la vida a los 21 años, justo cuando el torero saboreaba el triunfo tras una estocada antológica. Murieron el hombre y el proyecto de figura, pero nació el mito indestructible.
Hoy, en pleno 2026, mirar atrás y recordar su alternativa en Burgos nos obliga a reflexionar sobre la autenticidad. En una época donde la tauromaquia busca desesperadamente referentes que emocionen y conecten con la juventud, la figura de José Cubero emerge como el espejo ideal. Yiyo era frescura, era el barrio madrileño orgulloso, era la ambición sana y el respeto absoluto a un rito que paga con la vida.
Su carrera fue un suspiro, apenas cuatro años como matador de toros, pero su huella es tan profunda que 45 años después de su doctorado, cuando un chaval se viste de luces por primera vez en la Escuela de Madrid —que hoy lleva con orgullo su nombre—, el espíritu de Yiyo sigue dictando lecciones de pureza desde la inmortalidad. Su alternativa sigue vigente porque la verdad, en el toreo, nunca caduca.