Setenta y cinco años de un canon: la eternidad de Antonio Ordóñez
Antonio Ordóñez, el reflejo del clasicismo y la pureza en el ruedo

Manolo Herrera
Redactor

El tiempo, ese juez implacable que todo lo difumina, se detiene y se cuadra cuando se pronuncia su nombre. Se cumplen tres cuartos de siglo —setenta y cinco años, que se dicen pronto— desde aquel 28 de junio de 1951 en que un jovencísimo Antonio Ordóñez Araujo se doctoraba en Las Ventas de manos de Julio Aparicio y con el testimonio de Litri. Aquella tarde madrileña no nació un matador de toros más; se firmó el acta fundacional del canon moderno del toreo, el nacimiento de un diestro que iba a esculpir la tauromaquia con los cinceles del clasicismo más absoluto.
Hablar de Ordóñez a 75 años de su alternativa no es un ejercicio de nostalgia barata; es una necesidad ontológica para entender por qué el toreo sigue siendo considerado un arte mayor. El maestro de Ronda no basó su leyenda en el efectismo ni en las modas pasajeras de una España que despertaba a la modernidad. Su secreto fue tan simple de enunciar como casi imposible de ejecutar: vuelo, compás, hondura y una naturalidad asombrosa.
Hijo de Niño de la Palma, Ordóñez tomó la herencia rondeña y la depuró hasta límites insospechados. Fue el torero que sedujo a Hemingway y a Orson Welles, sí, pero más allá del mito cultural y de las noches de la Goyesca, estuvo el lidiador de una pureza catedralicia. Nadie como él para correr la mano con esa parsimonia majestuosa, ralentizando la embestida del toro hasta hacer creer al tendido que el tiempo, efectivamente, se había vuelto de seda. Su muleta no echaba a los toros hacia fuera; los traía cosidos, embebidos en los vuelos, dibujando una línea curva que nacía en el infinito y moría detrás de la cadera.
"Antonio Ordóñez es el mejor torero que he visto jamás, y probablemente el más grande que haya existido." – Ernest Hemingway en 'El verano sangriento'.
Hoy, en un ciclón taurino donde a veces la velocidad y el exceso de pases sepultan la calidad de los mismos, la figura de Ordóñez emerge como un faro necesario. Tres cuartos de siglo después de su alternativa, su tauromaquia sigue siendo el espejo donde deberían mirarse quienes aspiran a la inmortalidad. Porque los triunfos de una tarde se los lleva el viento de la noche, pero el empaque, la torería y el trazo eterno de Antonio Ordóñez pertenecen, desde aquel 1951, al Olimpo del arte universal. Setenta y cinco años después, el maestro sigue toreando en la memoria.


