Una mirada a la mítica tarde del 11 de agosto de 1966 en la Monumental de Barcelona, donde el torero gaditano se doctoró tras el amargo percance que un mes antes truncó su primer intento.
Hay fechas que quedan marcadas a fuego en el libro de oro de la tauromaquia, no solo por el balance de trofeos en el marcador, sino por la trascendencia de los nombres que las protagonizan. Hablar del 11 de agosto de 1966 es recordar el día en que Francisco Rivera “Paquirri” cruzó la frontera definitiva hacia la historia del toreo al doctorarse como matador de toros en la emblemática Plaza Monumental de Barcelona.
Aquel festejo no solo significaba el paso al escalafón superior de uno de los novilleros con mayor proyección del momento, sino la superación de una espina que el destino le había clavado apenas unas semanas antes. El torero de Barbate tenía previsto tomar la alternativa el 17 de julio de ese mismo año, apadrinado por Antonio Bienvenida y con Antonio Borrero “Chamaco” como testigo. Sin embargo, el dramatismo que siempre acompañó su carrera hizo acto de presencia de forma prematura: un toro le prendió severamente mientras lo lanceaba de capote, impidiéndole consumar la ceremonia y obligándole a pasar por la enfermería antes de romper el paseíllo.
La revancha con la historia no tardó en llegar. Menos de un mes después, con la cicatriz aún fresca pero la determinación intacta, Paquirri volvió a vestirse de luces sobre el albero barcelonés. El cartel no podía tener mayor categoría ni mayor poso artístico: como padrino actuó una figura incontestable del toreo de todos los tiempos, Paco Camino, y como testigo del célebre abrazo estuvo el maestro del temple salamantino, Santiago Martín “El Viti”.
Para la ocasión se reseñó un encierro con el hierro de Carlos Urquijo, del que saltó en primer lugar el astado encargado de dar paso al doctorado. Se llamaba Zambullido, lucía el número 103 en sus costillares y pasó a la historia por ser el toro que Paco Camino cedió al joven diestro gaditano. La corrida se completó con la suelta de un cuarto toro perteneciente a la divisa de Aurora Lamamie de Clairac.
La tarde transcurrió con la seriedad y el rigor de los grandes acontecimientos. Aunque el marcador de orejas no llegó a estrenarse, la afición catalana supo reconocer la entrega y la torería de la terna, tributando calurosas ovaciones a todas las faenas de la tarde. Hoy, seis décadas después, la Monumental de Barcelona permanece en la memoria taurina como el escenario que vio nacer a una de las figuras más arrolladoras e inolvidables del siglo XX.