El joven diestro protagonizó la actuación más rotunda del festejo alicantino, mostrando madurez, firmeza y una capacidad de interpretación que le permitió imponerse a las dificultades de sus oponentes para conquistar un triunfo de gran peso.
Samuel Navalón volvió a demostrar en Alicante que atraviesa un momento de especial inspiración. Desde que se abrió de capa con su primer toro transmitió una sensación de seguridad impropia de un torero tan joven, afrontando cada momento de la lidia con una claridad de ideas admirable.
Su primer oponente no fue precisamente un ejemplar sencillo. Alto de hechuras y con tendencia a buscar el interior de los muletazos, exigía una lidia precisa y sin fisuras. Navalón entendió rápidamente las condiciones del animal y supo administrar cada embestida con inteligencia, firmeza y un notable sentido de la colocación. La faena fue creciendo en intensidad hasta alcanzar un tramo final vibrante, muy comprometido y de enorme conexión con los tendidos.
Las dos orejas obtenidas fueron la consecuencia lógica de una labor completa y contundente, cimentada en la entrega y en la capacidad para resolver los problemas que planteó el toro.
En su segundo turno volvió a dejar detalles de gran nivel. Aunque el quinto tuvo movilidad, nunca terminó de entregarse, dificultando el toreo ligado y la continuidad de las series. Aun así, Navalón consiguió momentos de notable expresión tanto con el capote como con la muleta. Solo el desacierto con la espada impidió que su balance artístico alcanzara una dimensión aún mayor.
La tarde confirmó que Samuel Navalón posee argumentos suficientes para ilusionar al aficionado. Su concepto, su determinación y su capacidad para interpretar las distintas condiciones del ganado lo convirtieron, por méritos propios, en el triunfador indiscutible del festejo.