Cuarenta y dos años después de aquella trágica tarde en Pozoblanco, el recuerdo del diestro de Barbate permanece intacto como símbolo de entrega, vergüenza torera y poderío en la historia del toreo.
Hay fechas que quedan grabadas a fuego en las entrañas de la tauromaquia, y el 26 de septiembre de 1984 es, sin duda, una de las más desgarradoras. Aquella tarde, en el coso cordobés de Pozoblanco, el toro Avispado, de la ganadería de Sayalero y Bandres, prendió mortalmente a Francisco Rivera "Paquirri". La cornada en el muslo derecho no solo se llevó la vida de una figura consagrada, sino que consagró de golpe el mito de un torero total.
Paquirri no era un diestro cualquiera; era la encarnación del valor ciego, la técnica incontestable y el dominio absoluto de todos los tercios. Desde sus inicios, el torero gaditano demostró una capacidad única para someter a todo tipo de encastes, destacando por una entrega absoluta que no admitía reservas ni tardes a medio gas. Su solvencia con los palos, su poderío con la muleta y su efectividad con el acero lo convirtieron en uno de los grandes mandones de las décadas de los setenta y ochenta.
Lo que hace que la figura de Paquirri siga viva en el imaginario colectivo no es únicamente el dramatismo de su partida, inmortalizado en aquellas escalofriantes y serenas palabras en la enfermería —"Tranquilo, doctor..."—, sino la autenticidad de su tauromaquia. En una época de transición para la fiesta, Rivera representaba el respeto sagrado al público y al animal, la verdad desnuda del esfuerzo y la dignidad del héroe trágico.
Hoy, al conmemorar un nuevo aniversario de su muerte, el toreo no solo rinde homenaje a la víctima del drama de Pozoblanco, sino que celebra el legado inmortal de un maestro. Francisco Rivera "Paquirri" sigue enseñándonos que la grandeza en el ruedo se mide por la entrega, y que mientras haya un aficionado que recuerde su poderío, la leyenda del torero de Barbate seguirá haciendo el paseíllo en la eternidad.
Apunte biográfico: La trayectoria de un torero total
Orígenes y formación (1948-1966): Francisco Rivera Pérez nació el 23 de marzo de 1948 en Zahara de los Atunes (Cádiz), aunque creció y se curtió en la vecina localidad de Barbate. Crio su afición en una familia humilde y de arraigo taurino, siendo su hermano José Rivera "Riverita" también matador de toros. Tomó la alternativa el 17 de julio de 1966 en la plaza de toros de Barcelona de manos de Paco Camino y con El Viti como testigo.
Consolidación y liderazgo (décadas de 1970 y 1980): Tras confirmar su alternativa en Las Ventas en 1967, comenzó una fulgurante carrera que lo posicionó rápidamente en la cumbre del escalafón taurino. Destacó por ser un torero enciclopédico: poderoso con el capote, dominador y resolutivo con las tétricas banderillas, y de un valor firme y estético con la muleta. Encabezó las ferias más importantes de España, Francia e Hispanoamérica durante más de quince años.
Vida personal y dimensión pública: Su carisma traspasó el ámbito meramente taurino para convertirse en una de las figuras más populares de la sociedad española. Estuvo casado en primeras nupcias con Carmina Ordóñez, hija del maestro Antonio Ordóñez, con quien tuvo a sus dos primeros hijos, Francisco y Cayetano Rivera Ordóñez (quienes más tarde seguirían sus pasos en los ruedos). En 1983 contrajo matrimonio con la tonadillera Isabel Pantoja, con quien tuvo a su tercer hijo, Kiko Rivera.
Muerte e inmortalidad (1984): El 26 de septiembre de 1984, durante la feria de Pozoblanco (Córdoba), compartió cartel con Vicente Ruiz «El Soro» y José Cubero «El Yiyo». Al banderillear al segundo toro de su lote, Avispado, sufrió una fuerte cornada en la femoral. La gravedad de las heridas y las difíciles condiciones del traslado en ambulancia hacia el hospital de Córdoba provocaron su fallecimiento a los 36 años, convirtiéndolo para siempre en una de las grandes figuras trágicas de la tauromaquia del siglo XX.