Francisco Montes no solo fue un torero colosal; fue el genio que transformó la herencia caótica del siglo XVIII en el arte culto, reglamentado y universal que hoy nos estremece.
Si el toreo es hoy una obra de arte total, una liturgia sagrada capaz de conmover las fibras más profundas del ser humano, es porque un día el mundo vio nacer a Francisco Montes, "Paquiro". Con demasiada frecuencia la historia taurina tiende a recordar con nostalgia a los héroes del siglo XX, pero es de rigurosa justicia volver la vista atrás y rendir pleitesía al hombre que, desde su Chiclana natal, sacó a la tauromaquia de las tinieblas de la improvisación para elevarla a los altares de la cultura. Paquiro no fue un simple matador de toros; fue el auténtico arquitecto del toreo moderno.
Antes de su irrupción en los ruedos durante la primera mitad del siglo XIX, la lidia a pie era un lienzo en blanco, una sucesión de lances valerosos pero inconexos, donde el casticismo y la rivalidad —muchas veces tosca— dictaban las normas sobre la marcha. Faltaba un orden, una partitura que coordinase la sinfonía. Y ese director de orquesta fue Montes.
Con la publicación de su monumental Tauromaquia completa en 1836, Paquiro no solo escribió un libro; promulgó la primera constitución del toreo. Dotó a la lidia de una estructura lógica, dividiéndola en los tres tercios que hoy conocemos y entendemos como un dogma evolutivo: varas, banderillas y muerte. Supo ver que el desorden restaba grandeza y que la técnica, lejos de encorsetar el valor, lo multiplicaba y lo hacía inmortal. Enseñó a las cuadrillas a funcionar como un ejército perfectamente coordinado al servicio de una causa noble, dignificando el papel de los subalternos y marcando las distancias de una jerarquía necesaria.
Pero el genio de Chiclana fue mucho más allá de la técnica pura. Paquiro entendió que el toreo, para ser eterno, debía entrar también por los ojos. Fue el gran esteta de su tiempo. Su mente esculpió el traje de luces, sustituyendo los austeros ropajes de la época por el brillo de las lentejuelas, el galón de oro y la solemnidad de la montera. Supo intuir que quien sale al ruedo a jugarse la vida frente a la muerte no puede vestir como un hombre cualquiera: debe lucir como un dios pagano.
Celebrar la figura de Francisco Montes hoy en día es celebrar la raíz misma de nuestra cultura taurina. Su legado no es arqueología; es el aire que respiramos cada vez que un torero se estira en una verónica o manda en una tanda de naturales. Todo lo que nos emociona en una plaza de toros, desde el silencio sepulcral del tercio de varas hasta la explosión cromática del paseíllo, lleva su firma invisible. Paquiro dotó al toreo de alma, razón y gloria, convirtiendo el rudo oficio de matar toros en el milagro estético más fascinante de la historia.