Porque los gritos de división pasan y se los lleva el viento, pero el eco del Viva España popular y alegre sigue grabado en el hormigón de la monumental
Pamplona en San Fermín es, por definición, la fiesta universal. Un estallido de alegría, blanco y rojo, donde el mundo entero se abraza en torno al toro. Sin embargo, lo vivido ayer en los tendidos de la monumental pamplonesa por parte de ciertos sectores de las peñas volvió a empañar, con el rancio tinte de la política radical, lo que debería ser únicamente una celebración de la vida y la libertad. Los cánticos y pancartas en contra de España no solo resultan ofensivos e injustos; demuestran, por encima de todo, una alarmante amnesia histórica.
Intentar secuestrar la Feria del Toro para convertirla en un estrado de ruptura es no entender absolutamente nada. Navarra es cuna y pilar fundamental de la Hispanidad, y Pamplona, su corazón. La plaza de toros, construida y mantenida por la Casa de Misericordia, es un templo de solidaridad y tradición, no un Parlamento para el sectarismo. Quienes ayer silbaron o gritaron contra la nación que los cobija, que les da identidad y que sostiene la misma fiesta que disfrutan, olvidan que la inmensa mayoría de la plaza y de los miles de visitantes que llenan las calles no comparten su monolítica y gris visión del mundo.
Frente al ruido de unos pocos, la memoria de los muchos. Porque si algo define la historia contemporánea de la plaza de toros de Pamplona es, precisamente, la espontaneidad y la alegría de una plaza que siempre supo cantar a la vida. Conviene recordar a los intolerantes que en esos mismos tendidos, año tras año, generación tras generación, ha resonado con orgullo y de forma atronadora el "Viva España" de Manolo Escobar, cantado a pleno pulmón por miles de gargantas que entendían la bandera y el nombre de su país como un símbolo de unión, de fiesta y de orgullo compartido.
Ayer se escucharon pitos absurdos, sí. Pero la grandeza de España, de Navarra y de la propia Pamplona está muy por encima de la intolerancia de unos pocos abanderados del rencor. San Fermín seguirá siendo universal, taurino y español, le pese a quien le pese. Porque los gritos de división pasan y se los lleva el viento, pero el eco del Viva España popular y alegre sigue grabado en el hormigón de la monumental. Que no se les olvide.