Opinión

Morante, por amor al arte

Pablo García

Pablo García

Redactor

1 de Julio de 2026
Morante, por amor al arte
Foto: Santi Otero / El Norte de Castilla
Y omito el verbo por evitar el riesgo de inconsistencia. Porque es todo y lo tiene todo. Tiene «pulso y torería», que se dice. Valor y entrega sin mácula. Es principio y final. Es garante de verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y lo hace cada tarde desde una posición insostenible por la exigencia que merece estar permanentemente en su mejor momento.
 
Que no se confunda con casualidad la fecha en la que escribo. Yo estaba en el Coliseum cuando la afición de Burgos abroncó a Morante en su primer toro. Pero seguía allí cuando la misma plaza le concedió el perdón al caer rendida ante el segundo del genio de La Puebla. Porque, por encima de todo, el cigarrero tiene un profundo sentido del respeto por la tauromaquia entendida en su sentido más amplio. Es la púrpura que él mismo decidió llevar hasta el ocaso.
 
«Se torea como se es», decía el maestro Juan Belmonte. Morante de la Puebla es un torero que encarna un fenómeno progresivo. Lejos de resentirse, cada tarde se entrega más, se pasa al toro más cerca, nos evade con la pureza de otro tiempo. Un torero que lleva dentro a quienes le inspiran para hacer arte en el ruedo. Y cuanto más nos recuerda a otros, más se parece a sí mismo. Un torero que hace contener la respiración de la plaza cada vez que regala al respetable un momento inolvidable.
 
Morante torea despacio, en el abismo. No se le percibe un solo sesgo populista para llegar a la masa. Porque es la masa la que llega a él. Morante mismo dijo en una entrevista en 2025 a ABC que es «más de valores que de triunfos», y aún así, los alcanza. Con él la tauromaquia no es una moda, sino un modo.
 
Toma el capote como bandera —que diría Rubén Amón—, la muleta como prolongación fisiológica. Torea desde una hondura incorpórea en la que solo están él, la liturgia y una concepción mística de la faena en la que el toro alcanza la categoría de semidiós.
 
Así hasta la suerte suprema. La distancia exacta entre la vida y la muerte. Un rito de valor y generosidad mutua en el que el animal encuentra su gloria en la lidia y el hombre asume el tributo de la sangre. Habrá quien no lo perciba así. Ni falta que hace. Pues adquiere más valor aún por quien es capaz de sentir el toreo más allá de una expresión artística en la que el hombre expone su vida en el ruedo por respeto y honor.
 
Morante de la Puebla —de La Puebla del Río, del río Guadalquivir— consuma faenas para el recuerdo. No se concibe otra cosa —que nos pregunten a quienes estábamos ayer en Burgos—. Porque es «más de valores que de triunfos», y aún así, los alcanza.

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