Frente a una corrida con perfiles de tragedia, el diestro albaceteño firmó una obra de heroicidad y pundonor que estremece los cimientos de la temporada en Madrid.
Madrid amanece hoy con un rumor de verdad en los labios. Hay tardes en las que el toreo se desliza por el terreno de lo predecible, pero hay otras —las menos, las que justifican la existencia misma de este rito brutal— en las que el ruedo de Las Ventas se convierte en un coliseo donde se negocia, sin trampa ni cartón, el precio de la gloria y de la vida. Ayer, Cristian Pérez no vino a Madrid a pasar el trámite; vino a entregarse por entero, a recordarle al mundo que el toreo, cuando es auténtico, duele y estremece.
El encierro que esperaba en los chiqueros no daba tregua. Toros con cuajo, serios, portadores de esa mirada aviesa que exige un carné de identidad implacable. Pero la disposición del torero albaceteño ya venía templada en el fuego de la necesidad y del orgullo. Desde el primer capotazo, Pérez dejó claro que el miedo se había quedado en el hotel. Hubo en su lote un toro áspero, un enemigo de esos que miden cada parpadeo y que imponen la ley del terror sobre la arena.
El toreo es el único arte donde el artista puede morir en el escenario, y ayer Cristian Pérez expuso su biografía en cada muletazo.
La faena tuvo el aroma de las gestas antiguas. No hubo espacio para el adorno superfluo ni para el alivio estético. Cada pase fue una apuesta a doble o nada. Cristian Pérez citó de verdad, ofreciendo el pecho, hundiendo las zapatillas en el albero de Madrid como si quisiera echar raíces en la capital del toreo. Cuando el astado acudía, la muleta se convertía en un imán de valor ciego y trazo firme, obligando a la fiera a pasar por donde el torero mandaba, que era siempre el terreno de la herida.
Vibraron las tendidas de Las Ventas con ese runrún ensordecedor que solo se desata cuando el público huele la verdad desnuda. Hubo pasajes de un dramatismo absoluto, momentos en los que el pitón acarició la tela del vestido de luces, dejando un escalofrío en el espinazo de Madrid. Pero lo de Pérez no fue solo una demostración de valor temerario; fue la obra de un hombre que sabe pensar delante de la cara del toro, que somete a base de insistir y que conmueve porque se la juega sin reservarse un átomo de alma.
La estocada final, ejecutada con el corazón por delante y asumiendo el riesgo supremo, fue el broche de oro a una actuación que ya es patrimonio de la temporada. Cuando el toro rodó, la plaza estalló en un clamor unánime. Se pedían las orejas, sí, pero lo que realmente se ovacionaba era la resurrección de la épica.
Cristian Pérez abandonó la plaza con el traje roto, el rostro demudado por el esfuerzo y el respeto reverencial de la cátedra madrileña. Ayer, en Madrid, un torero se esculpió a sí mismo con el cincel del coraje. Pasarán los días, pero el eco de su muleta y la pureza de su entrega tardarán mucho tiempo en borrarse de la memoria de Las Ventas.