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La paz se firma con montera: el brindis de la grandeza en El Puerto

Andrés Roca Rey tienta la concordia brindando su primer toro a Morante de la Puebla en la Plaza Real, transformando la histórica rivalidad del «fúmate un purito» en una lección de señorío taurino.

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

3 de Agosto de 2026
La paz se firma con montera: el brindis de la grandeza en El Puerto
Hay cosos taurinos que parecen predestinados a guardar en sus paredes la memoria viva del toreo. La Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María es uno de ellos, un templo donde el aire huele a albero añejo, brisa marina y pasiones desatadas. Ayer domingo, 2 de agosto, el redondel portuense no solo fue escenario de muletazos y verónicas; se convirtió en el altar donde la tauromaquia contemporánea ofreció un tratado de diplomacia, respeto y nobleza.
Para entender el calado de lo vivido ayer, hace falta rebobinar la cinta justo un año atrás. En ese mismo callejón, el cruce de reproches entre el genio de La Puebla del Río y la fuerza torrencial de Lima encendió una mecha que inflamó a la afición. 
Aquel célebre «Maestro, fúmate un purito despacito» resonó como el desafío abierto entre dos formas antagónicas de entender y vivir la profesión: la orfebrería de la seda y la inspiración contra la rotundidad implacable del poder.Sin embargo, el tiempo y la madurez de las grandes figuras terminan por poner todo en su sitio. Ayer, cuando la expectación rozaba el lleno absoluto, Andrés Roca Rey avanzó resuelto hacia las maderas, montera en mano, buscando la mirada de Morante de la Puebla. 
Sacar al torero sevillano a la primera raya para ofrecerle la faena de su primer toro fue un gesto cargado de simbolismo. Lo que se dijeron en ese susurro cara a cara pertenece ya al fuero íntimo del albero. Pero el significado trascendió las palabras: fue una bandera blanca alzada en terreno donde antes volaron las chispas. 
Fue la demostración de que la rivalidad, por acalorada que sea, encuentra su cauce natural en la admiración mutua que solo entre gigantes puede comprenderse.Roca Rey demostró la inteligencia del torero que domina no solo a las reses, sino también los tiempos y la escena.
 Brindar a Morante no mermó su arrolladora personalidad; al contrario, lo engrandeció a ojos de un público que rompió en una atronadora ovación de reconocimiento. Morante, con la solera que le caracteriza, recogió el guante con la elegancia de quien sabe que el toreo es, ante todo, un arte de caballeros.
La tarde de El Puerto dejó triunfos, faenas para el recuerdo y el clamor habitual de la fiesta. Pero por encima de las orejas o la puerta grande, la imagen que pervivirá en las hemerotecas será la de ese abrazo implícito entre dos épocas y dos conceptos. En un tiempo donde abunda el enfrentamiento estéril, la Plaza Real atestiguó que la paz también se firma de luces y con la montera en alto.
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