Aquella tarde de julio de 1869 en la que un pequeño cornúpeta de López Cordero conquistó la eternidad del puerto gaditano, transformando la ferocidad del castigo en leyenda inmortal del toreo antiguo.
Hay fechas en la memoria taurina que no pertenecen a los almanaques, sino al territorio sagrado del mito. Días en los que el tiempo se detiene en la arena para presenciar cómo la bravura, en su manifestación más pura y desabrida, trasciende la mera condición de la fiesta y se convierte en una epopeya trágica. Tal día como hoy, un 26 de julio pero de 1869, la Real Plaza de Toros de El Puerto de Santa María no acogió un festejo más; fue testigo directo de una de las gestas más conmovedoras que se recuerden en la historia del toro bravo: la leyenda del toro Gordito.
Cuentan las crónicas de la época que Gordito, un astado de la divisa de don José López Cordero, era negro de capa, de una morfología contenida, casi escasa para el canon de la época, pero excelentemente criado, enmorrillado y sobrio. Nadie presagiaba, al ver asomar por la puerta del toril a aquel animal fino y menudito, el vendaval de casta desatada que guardaba en las entrañas. Lo que vino después en la suerte de varas pertenece a la literatura caballeresca del siglo XIX.
Bajo la atenta mirada de dos colosos de la época como Antonio Carmona "El Gordito" y el emergente genio cordobés Rafael Molina "Lagartijo", el novillo de López Cordero tomó ni más ni menos que treinta varas. Treinta encuentros a pecho descubierto frente a los puyazos de Onofre Álvarez, Antonio Calderón y Antonio Mondéjar "Juaneca". En una época donde el peto era una utopía inalcanzable y los caballos caían entre los destrozos de la acometida franca, Gordito sembró el ruedo de un pavoroso reguero de coraje: dieciocho caballos cayeron fulminados sobre la arena gaditana, y otros tres expiraron en la penumbra de las cuadras tras la encarnizada contienda.
Aquel no fue un ejercicio de mansa ferocidad, sino el catálogo insuperable de una bravura fija, humillada y empujadora. Tanto fue así que, al sonar el clarín que anunciaba el tercio de banderillas, ocurrió el prodigio. El público portuense, estremecido hasta los tuétanos, sobrecogido ante la inverosímil entrega de la res, rompió en un clamor unánime. No pedían la muerte; clamaban por la vida de la fiera. La conmoción era tal que el Presidente, rindiéndose ante el supremo valor del toro, accedió a concederle el indulto, devolviéndolo a los corrales en lo que parecía ser la coronación perfecta de un héroe de cuatro patas.
Pero el destino, celoso del mito, tenía reservado para Gordito un final de belleza tan desgarradora como fatal. El animal, victorioso en el ruedo y perdonado por la clemencia de la afición, entregó su alma en la soledad de los chiqueros a causa del feroz castigo sufrido en el caballo. No pudo paladear el verde campo de la dehesa, pero dejó en El Puerto una lección imborrable sobre el verdadero sentido del honor taurino.
Hoy, más de siglo y medio después, la sombra de Gordito sigue recorriendo las tablas portuenses para recordarnos por qué amamos este arte: porque en la mirada indómita de un toro bravo reside una chispa de inmortalidad que ni la propia muerte puede apagar.