Opinión

Julio Robles: El pozo sin fondo de la torería pura

A más de tres décadas de aquella trágica tarde en Béziers que truncó su carrera, el magisterio y el empaque del diestro salmantino permanecen inalterables en la memoria del buen aficionado.

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

13 de Agosto de 2026
Julio Robles: El pozo sin fondo de la torería pura
Hay fechas que quedan marcadas a fuego en la historia de la tauromaquia, no por el brillo de un triunfo eufórico, sino por el zarpazo cruel con el que la fiesta cobra su tributo más amargo. Un 13 de agosto de 1990, en el coso francés de Béziers, el toro Timador, perteneciente a la ganadería de Cayetano Muñoz, prendía de forma dramática a Julio Robles. Aquella cogida le provocó una tetraplejia instantánea y tajante, apagando de golpe la trayectoria de una de las muletas más poderosas, elegantes y puras que haya dado el campo charro.

Julio Robles no fue un torero más. Fue la encarnación del clasicismo salmantino aderezado con una capacidad técnica prodigiosa. Su concepto del toreo se asentaba en la firmeza de plantas, el trazo largo y profundo de sus muletazos y una prestancia natural que imponía respeto tanto a los toros como a las plazas más exigentes del circuito. Ver a Robles citar de frente, con el pecho por delante y los vuelos de la muleta ofreciendo la verdad del engaño, era asistir a una lección magistral de lo que significa torear despacio. Su rivalidad con Santiago Martín "El Viti" al inicio, y más tarde con Pedro Gutiérrez Moya "Niño de la Capea", estructuró una de las épocas doradas de la tauromaquia en Castilla.
El destino quiso que su lidia más dura no fuera sobre el albero, sino en la quietud de una silla de ruedas, donde Robles demostró una dignidad y una entereza desarmantes ante la adversidad, manteniendo intacta su pasión por el toro hasta su prematuro adiós en 2001. Hoy, cuando la prisa y el efectismo a menudo amenazan la sustancia del toreo, volver la mirada hacia la figura de Julio Robles es un ejercicio de justicia poética y un recordatorio inolvidable de lo que cuesta y vale la gloria en el ruedo.
Semblanza biográfica: La huella de un maestro
Nacimiento e inicios: Julio Robles Hernández nació el 4 de diciembre de 1951 en Fontiveros (Ávila), aunque desde muy temprana edad se trasladó a Ahigal de los Aceiteros (Salamanca), sintiéndose y considerándose salmantino a todos los efectos. Se impregnó del ambiente taurino de la dehesa charra desde su juventud.
Alternativa y confirmación: Tomó la alternativa en la Plaza de Toros de Barcelona el 8 de julio de 1972, teniendo como padrino a Diego Puerta y como testigo a Paco Camino, frente a toros de Juan María Pérez-Tabernero. Confirmó el doctorado en Las Ventas de Madrid el 22 de mayo de 1973.
Trayectoria y triunfos: Fue un torero de enorme tirón en las principales ferias de España, Francia y América. Triunfador indiscutible en la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, donde llegó a cruzar la Puerta Grande en tres ocasiones (1983, 1985 y 1989), consagrándose como una de las predilecciones de la exigente afición madrileña.
El percance: El 13 de agosto de 1990 sufrió la gravísima cogida en Béziers por el toro Timador, la cual le dejó tetrapléjico y le apartó definitivamente de los ruedos.
Fallecimiento: Tras diez años de ejemplo y entereza tras el percance, falleció el 14 de enero de 2001 a la edad de 49 años en la Clínica Santísima Trinidad de Salamanca, a causa de un cuadro de peritonitis. Su memoria perdura inmortalizada en la estatua que custodia las inmediaciones de la plaza de toros de La Glorieta en Salamanca.

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