El sevillano dejó una actuación marcada por el gusto, la inteligencia y la capacidad de hacer mejor a un toro con posibilidades limitadas. Cortó una oreja del segundo y se estrelló sin opciones ante un quinto desfondado, firmando una tarde que volvió a poner en valor su concepto del toreo.
No siempre el triunfo se mide por el número de trofeos. La actuación de Juan Ortega volvió a demostrar que hay toreros capaces de emocionar desde la naturalidad, la pausa y el buen gusto. En una corrida desigual de comportamiento, el sevillano supo interpretar las virtudes del segundo de la tarde y convertir un toro incómodo, que embestía sobre las manos, en un animal con mayor ritmo y recorrido gracias a la inteligencia de su muleta.
Su labor fue creciendo poco a poco, sin prisas, entendiendo cada embestida y llevándola hasta donde el toro podía llegar. Las series por el pitón derecho reunieron cadencia, temple y esa personalidad tan característica de Ortega, rematando además la obra con un final tan original como torero que terminó de conquistar al público. La oreja fue el premio a una faena construida desde la sensibilidad y el conocimiento.
Muy distinta fue la historia con el quinto. Sin fuerza, sin transmisión y prácticamente sin posibilidades, el toro negó cualquier opción de lucimiento. Sin embargo, Ortega no renunció nunca a buscar el toreo bueno, intentando conducir cada embestida con suavidad y sin violentar a un animal completamente agotado. La faena no pudo despegar porque el material no lo permitió, pero quedó patente la disposición de un torero que jamás dejó de apostar por su concepto.
Más allá del resultado, Juan Ortega volvió a demostrar que pertenece a esa minoría de toreros capaces de mejorar al toro y de mantener intacta su personalidad incluso cuando las circunstancias juegan en contra. Una tarde que reafirma el momento artístico que atraviesa y que confirma que su tauromaquia sigue siendo una de las más auténticas del escalafón.