El torero extremeño ofreció una actuación de gran inteligencia, madurez y profundidad, coronada con el indulto del quinto toro y una faena que quedará entre los grandes momentos de la temporada.
Emilio de Justo volvió a demostrar que atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera, dejando una actuación que combinó oficio, sensibilidad y una enorme capacidad para interpretar las condiciones de cada uno de sus oponentes. Su tarde fue creciendo con el paso de los toros hasta desembocar en una obra de gran calado que terminó conquistando por completo al público.
Ya frente al segundo de la corrida dejó claras sus intenciones. Lejos de precipitarse ante un toro que buscó constantemente las tablas, el extremeño apostó por la paciencia y el conocimiento. Supo administrar los tiempos con inteligencia, esperando el momento oportuno para someter una embestida que fue ganando calidad gracias al temple y la colocación del diestro. La recompensa llegó en forma de una oreja que reconocía una labor de mérito y construcción.
Pero la verdadera dimensión de Emilio de Justo apareció con el quinto. Desde los primeros compases logró una conexión absoluta con un extraordinario ejemplar de Juan Pedro Domecq, al que entendió a la perfección para firmar una faena llena de naturalidad, ligazón y profundidad. Especialmente sobresalientes fueron las tandas al natural, ejecutadas con una serenidad y un gusto que elevaron el nivel de una actuación destinada a perdurar en la memoria de los aficionados.
La petición de indulto fue la consecuencia lógica de una comunión absoluta entre toro, torero y público. La presidencia terminó concediendo el perdón de la vida al astado, culminando una obra de enorme importancia que otorgó a Emilio de Justo las dos orejas y el rabo simbólicos.
Más allá de los trofeos, el extremeño dejó la sensación de haber protagonizado una de esas tardes que reafirman el peso de un torero capaz de convertir el temple, la inteligencia y el buen toreo en los auténticos protagonistas del espectáculo.