A casi cuatro décadas de la obra maestra de Jaime de Armiñán, el espectro del pícaro taurino sigue deambulando por los callejones, devorado por la burocracia y la pérdida de la bohemia.
Hay ficciones que, lejos de envejecer, se convierten en el espejo retrovisor donde una cultura se mira para entender lo que ha perdido. Juncal, la mítica serie dirigida por Jaime de Armiñán en 1989 y encarnada por el colosal Francisco Rabal, no era solo la crónica de un matador de toros retirado y lisiado; era el retrato cantado de una España —y de una tauromaquia— que ponía el alma y la palabra por delante de las frías matemáticas de los despachos. José Álvarez "Juncal" era un embaucador, un caradura, un infiel crónico, pero sobre todo era un romántico ciego que entendía la vida únicamente a través del prisma del toro, el honor de luces y el señorío andaluz.
Rever hoy Juncal genera una nostalgia punzante. Nos hace preguntarnos con inevitable melancolía: ¿cuántos "Juncales" quedan hoy en el panorama taurino actual?
La respuesta, cruda y directa, es que el sistema actual los ha extinguido casi por completo. El toreo del siglo XXI se ha profesionalizado tanto que ha terminado por desinfectarse de bohemia. Los despachos de hoy no entienden de tipos que se visten por los pies con trajes prestados, que empeñan el reloj para pagarse un viaje a un tentadero o que fían su suerte a la elocuencia de un café y un cigarro en la barra de un hotel. El "Juncal" de hoy, con su verborrea lírica y sus bolsillos vacíos de dinero pero llenos de orgullo, no pasaría el filtro de un apoderamiento moderno basado en estadísticas de triunfos, algoritmos de ferias y contratos cerrados antes de que empiece la temporada.
Hoy quedan poquísimos reductos de ese romanticismo. Quedan, si acaso, en esos viejos toreros de plata que guardan los secretos del oficio en la barra de un bar cercano a la plaza, en algún ganadero romántico que prefiere la pureza de una cornada económica antes que traicionar la línea de su sangre, o en esos eternos maletillas que aún sueñan con que la gloria es un estado del espíritu y no una cifra en una cuenta corriente.
El panorama actual está lleno de atletas del valor, de técnicos impecables de la muleta y de gestores corporativos del negocio. Todo ello es necesario para la supervivencia del espectáculo, por supuesto. Pero falta el "duende" del buscavidas, esa picaresca herida que hacía que el toreo fuera una extensión del teatro de la vida.
Juncal representaba la grandeza de la imperfección. Sabía que el fracaso era parte del arte y que la dignidad se mantenía aunque se durmiera en un pajar. Hoy, cuando la corrección política y la frialdad matemática lo inundan todo, el eco de sus pasos cojos por la Alameda de Hércules nos recuerda que, cuando el toreo pierde definitivamente a sus últimos locos y románticos, se arriesga a convertirse en una industria impecable... pero terriblemente huérfana de alma.