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El trazo eterno de la torería: veintiún años sin el milagro de Manolo Vázquez

Más dos décadas de su fallecimiento, la memoria del maestro de San Bernardo perdura como lección imborrable de gracia en el ruedo, hidalguía y profunda calidad humana.

Manolo Herrera

Manolo Herrera

Redactor

14 de Agosto de 2026
El trazo eterno de la torería: veintiún años sin el milagro de Manolo Vázquez
Hay hombres que torean como viven y hombres cuya existencia entera es, en sí misma, una lección de torería. El 14 de agosto de 2005, Sevilla abría los brazos al dolor para despedir a una de sus devociones más íntimas y puras: Manuel Vázquez Garcés, conocido para siempre en los anales del arte con el reverencial apodo de "El Brujo de San Bernardo". Un devastador cáncer apagaba su vida a los 75 años de edad, pero dejaba intacto un legado inmaterial que permanece inalterable en la memoria del aficionado.

Nacido en el castizo y taurino barrio de San Bernardo en 1930, Manolo creció bajo la sombra gigante de su hermano Pepe Luis Vázquez, una de las cumbres del toreo del siglo XX. Lejos de sucumbir al peso de la dinastía o al acomodamiento, el joven Vázquez esculpió una personalidad propia, cimentada en la gracia sevillana, la naturalidad desarmante y una hondura en el cite que parecía desafiar las leyes de la física y de la lógica taurina. Tomó la alternativa en la Real Maestranza de Caballería en 1951 de manos de Pepe Luis y con el testimonio de Antonio Ordóñez, sellando un cartel para la historia que anticipaba la dimensión del torero que acababa de romper.
Sin embargo, encasillar a Manolo Vázquez únicamente por sus triunfos en los ruedos —como su histórica reaparición en los años ochenta, cuando, peinando canas y rozando los cincuenta años, volvió a dictar cátedra de torería frente a toros cuajados— sería dejar incompleta su semblanza. La verdadera grandeza del "Brujo" residía en su extraordinaria calidad humana.
Hombre de modales exquisitos, afable, generoso en el consejo para los novilleros que empezaban y poseedor de una humildad sobrecogedora, Manolo encarnó el señorío andaluz en su máxima expresión. Su presencia en los patios de cuadrillas o en los tendidos tras su retirada definitiva infundía un respeto reverencial; no por la rotundidad de la jerarquía, sino por el afecto genuino que proyectaba. En una fiesta tantas veces convulsa, él fue siempre un remanso de verdad, bonhomía y elegancia.
Se cumplen mas dos décadas desde que aquel cáncer arrebatara a Sevilla a uno de sus hijos más predilectos. No obstante, la tauromaquia no olvida a quienes la dignificaron tanto en el ruedo como en la vida cotidiana. Manolo Vázquez sigue presente en cada muletazo dado con el pecho por delante, en cada cite de frente y en la certidumbre de que, por encima de los trofeos y la gloria terrenal, el mayor triunfo de un torero es la memoria imborrable de su hombría de bien.
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