En el XII aniversario de su muerte en Campo Lugar, reivindicar a Dols Abellán es reivindicar la pureza, la estética y una tauromaquia que hizo del Alicante interior un Mediterráneo universal
Nació frente al mar, pero toreó mirando hacia dentro. José María Dols Abellán — José María Manzanares para la historia— vino al mundo el 14 de abril de 1953 en Alicante y se fue el 28 de octubre de 2014 en Campo Lugar, Cáceres. Doce años después, entre esas dos fechas, aparentemente geográficas y opuestas —el Levante luminoso y la dehesa profunda—, cabe una vida entera dedicada a entender el toreo como un acto de belleza y no de fuerza.
Y es que Manzanares padre no fue un torero al uso. Fue una idea. Una estética. Un credo.
Quiso ser torero cuando el traje de luces pesaba y la profesión dolía más. El 15 de junio de 1969, con apenas 16 años, se vistió por primera vez de luces en Andújar, Jaén, junto a Nelson Villegas con reses de Francisco Sánchez. Un año después, el 24 de mayo de 1970, debutó con caballos en Benidorm con Curro Fuentes y José Luis Ortuño, novillos de Sánchez Arjona. Y el 6 de junio de 1971 se presentó en Las Ventas con Juan Carlos Castro “Luguillano Chico” y José Luis Galloso, novillos de Herederos de Carlos Núñez. Madrid entendió enseguida que aquel muchacho delgado, de planta distinta, no venía a pelear, sino a componer.
El 24 de junio de 1971, en su Alicante natal, Luis Miguel Dominguín le cedió a “Rayito”, de Atanasio Fernández, con El Viti de testigo. Alternativa de lujo, de linaje. La confirmación en Madrid llegó el 18 de mayo de 1972, de manos de Sebastián Palomo Linares con “Saperito” de Garzón y Eloy Cavazos de testigo. Y la de México, el 3 de diciembre de 1972, en la Monumental, con Joselito Huerta cediéndole a “Gorrión” de Torrecilla y Curro Rivera de testigo. Es decir, en dieciocho meses pasó por los tres altares mayores de la tauromaquia: Alicante, Madrid y México. Como los elegidos.
Se presentó en la Maestranza el 10 de abril de 1972 y se despidió del toreo el 1 de mayo de 2006, precisamente en Sevilla. Treinta y cinco años de alternativa. Y, sin embargo, nunca pareció viejo.
Porque el toreo de Manzanares no se mide en temporadas, sino en matices. Fue el torero del temple imposible, del pecho adelantado, de la mano baja que no arrastraba la muleta, sino que la acariciaba. Mientras otros toreaban con el cuerpo, él toreaba con el alma. Mientras otros buscaban el aplauso, él buscaba la forma. Hubo una generación que quiso ser poderosa; él quiso ser puro.
En una tauromaquia que hoy se debate entre la velocidad y el ruido, Manzanares es el recordatorio de que el toreo puede ser silencio. Que una verónica suya valía por tres faenas. Que el natural no era un pase, sino una declaración de intenciones. Que el toreo no necesita gritar para emocionar.
No fue un torero de masas en el sentido clamoroso. Fue un torero de aficionados. De esos que obligan a volver a la plaza. De los que convierten al público en cómplice y no en juez. De los que entendieron —como pocos— que Alicante podía ser Sevilla si el toro embestía con ritmo.
Y quizá por eso su figura crece con el tiempo. Porque dejó una escuela que no es técnica, sino moral. La de torear como se vive: con elegancia, sin estridencias, con verdad. La que heredó su hijo y la que hoy intentan imitar muchos, olvidando que la pureza no se copia, se siente.
Doce años después de su adiós en la dehesa cacereña, Manzanares sigue ahí. En cada muletazo largo. En cada trincherilla que no busca el aplauso fácil. En cada torero que prefiere perder un trofeo a perder la forma.
José María Manzanares no se fue. Se quedó toreando en la memoria.