Opinión

Diosleguarde o "Diostesalve", la injusticia de una ausencia

Javier Holgado

Javier Holgado

Redactor

7 de Agosto de 2026
Diosleguarde o "Diostesalve", la injusticia de una ausencia
Hay temporadas que abren puertas. O, al menos, deberían hacerlo. La de Manuel Diosleguarde parecía destinada a eso. Sin embargo, cuando se anunciaron los carteles de la Feria de la Virgen de la Vega de Salamanca, su nombre no estaba. Una ausencia que cuesta comprender y que invita a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué más tiene que hacer un torero para ganarse un sitio en la feria de su tierra?

No hablamos de un torero que reclame oportunidades por el simple hecho de haber nacido en Salamanca. Eso sería un argumento pobre. Hablamos de un matador que ha construido una temporada a base de méritos, de tardes importantes y, sobre todo, de jugarse la vida con una verdad que muy pocos están dispuestos a asumir.

Porque si hubiera que ponerle un sobrenombre, bien podría ser "Diostesalve". No por casualidad, sino porque cada tarde parece encomendarse a lo más alto antes de quedarse quieto donde el toro pasa rozando el cuerpo. En una época en la que muchas veces se confunde el valor con el gesto, Diosleguarde ha demostrado que el suyo es de verdad, del que no admite atajos ni trampas.

Su confirmación de alternativa en Las Ventas fue la primera gran declaración de intenciones. Madrid no suele regalar elogios y mucho menos oportunidades, pero el salmantino dejó una actuación que confirmó que estaba preparado para competir en el escalafón de los matadores.

Después llegó Pamplona. Y no cualquier corrida. La de Cebada Gago. Una de esas tardes donde el prestigio no se compra, sino que se conquista delante de un toro que exige verdad. Allí cortó una oreja de enorme peso, de las que tienen mucho más valor que un simple trofeo. Fue la recompensa a una actuación de compromiso absoluto, de esas que el aficionado recuerda mucho después de que termine la feria.

La temporada continuó creciendo hasta alcanzar la final de la Copa Chenel, un certamen que se ha convertido en el mejor escaparate para los toreros que buscan abrirse camino. Llegar hasta el último escalón no es fruto de la suerte. Exige regularidad, capacidad, personalidad y una entrega constante. Y Diosleguarde respondió en cada compromiso.

A todo ello hay que sumar otros triunfos que han consolidado una campaña sobresaliente. Una temporada que, vista desde cualquier criterio estrictamente taurino, parecía suficiente para justificar su presencia en la Feria de la Virgen de la Vega.

Pero no.

Y ahí nace la reflexión.

Las ferias deberían construirse premiando el momento de los toreros. No pueden convertirse únicamente en un reparto de nombres repetidos mientras quienes se están ganando el sitio en la plaza contemplan los carteles desde la barrera. Porque entonces el mensaje es demoledor: los triunfos sirven de poco si no vienen acompañados de otros factores que nada tienen que ver con el ruedo.

Salamanca es tierra de toros. Tierra de figuras. Tierra de aficionados que saben distinguir cuándo un torero se ha ganado una oportunidad. Por eso sorprende aún más que uno de los suyos, después de confirmar en Madrid, triunfar en San Fermín, alcanzar la final de la Copa Chenel y completar una campaña de enorme nivel, no haya encontrado hueco en su feria.

Quizá el tiempo termine poniendo a cada uno en su sitio. El toreo, afortunadamente, acaba dando y quitando razones. Pero resulta inevitable pensar que, cuando un torero firma una temporada como la de Manuel Diosleguarde y aun así no entra en la feria de su tierra, el problema no está en el torero.

Porque si ni siquiera una campaña así abre las puertas de La Glorieta, quizá haya que dejar de preguntarse qué le falta a Manuel y empezar a preguntarse qué criterio se está siguiendo para decidir quién merece anunciarse en una de las ferias más importantes de Castilla y León.

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