Hay tardes en las que el triunfo se mide por el número de trofeos y otras en las que el verdadero mérito reside en la capacidad para imponerse a las circunstancias. Borja Jiménez volvió a demostrar en Burgos que atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera, firmando una actuación que fue mucho más allá de las tres orejas con las que abandonó el coso.
Su primer toro obligó a sacar la versión más inteligente del sevillano. El animal buscó las tablas desde el principio, pero Borja entendió rápidamente cuáles eran sus querencias y nunca se empeñó en llevarlo donde no podía. Esa capacidad para leer al toro, adaptarse a sus condiciones y construir una faena sobre la marcha es una de las grandes virtudes que hoy definen su tauromaquia. No hubo alardes innecesarios, sino mando, colocación y una firme decisión de aprovechar cada embestida posible hasta cortar una merecida oreja.
La confirmación llegó con el quinto. Frente a un toro de mejores prestaciones apareció un Borja Jiménez todavía más asentado, cuajando una obra que fue creciendo con el paso de los minutos. Especialmente destacados fueron los naturales, largos y profundos, ejecutados con una naturalidad que refleja la confianza que atraviesa el diestro sevillano. Hubo temple, mano baja y una sensación permanente de gobierno sobre la embestida.
Lo más importante de la tarde fue comprobar que Borja Jiménez ya no necesita que el toro sea extraordinario para triunfar. Su concepto está cimentado sobre el conocimiento, la serenidad y una ambición que nunca pierde la medida. Es un torero que resuelve problemas cuando aparecen y que, cuando el animal acompaña, es capaz de elevar el nivel de su toreo.
Burgos volvió a confirmar que Borja Jiménez no atraviesa un buen momento pasajero. Lo suyo responde al trabajo, a la evolución constante y a una madurez que le permite competir con cualquiera en cualquier plaza. Actuaciones como la vivida en esta feria son la mejor prueba de que su nombre sigue llamando con fuerza a las puertas de las grandes citas de la temporada.