El aragonés fue el nombre propio del festejo al imponerse con firmeza a dos toros exigentes y deslucidos, dejando patente una madurez impropia de su juventud y obteniendo el único trofeo de una corrida marcada por la escasez de opciones.
Aarón Palacio volvió a demostrar que su toreo se sustenta en la verdad y en una disposición sin reservas. Ante Taranto, un ejemplar incómodo y de embestida traicionera, el diestro supo imponer su concepto con serenidad, sin perder nunca la compostura pese a las continuas dificultades que presentaba el animal. La vuelta al ruedo que dio tras su actuación supo a premio moral, pues su labor tuvo méritos sobrados para un reconocimiento mayor.
Si aquella actuación ya había evidenciado su categoría, la lidia de Botellero terminó de confirmar su dimensión. El recibo a portagayola y el inicio de faena de rodillas fueron el preludio de un trasteo de entrega absoluta frente a un toro descompuesto y sin apenas posibilidades. Incluso cuando quedó a merced del astado tras perder pie, Palacio resolvió el trance con una sangre fría admirable. La oreja conquistada fue el justo colofón a una tarde en la que el aragonés sobresalió por encima de las circunstancias, reafirmándose como uno de los nombres con más personalidad y proyección del escalafón actual.