El diestro albaceteño pasea una oreja de ley tras sobreponerse a una espeluznante voltereta que lo mandó seminconsciente a la enfermería; Peñaranda rozó el triunfo con el sexto y Juan Pablo Sánchez estrelló su firmeza ante astados deslucidos.
Madrid siempre guarda en sus entrañas el cáliz de la verdad absoluta. Cuando el portón de cuadrillas se abre en el cónclave venteño, el aire se tiñe de una sobriedad que solo los elegidos logran torear. El festejo de hoy tuvo esa dualidad clásica de la fiesta brava: la amargura de la mansedumbre ganadera frente al fulgor inquebrantable del valor humano. Se lidiaron astados de Valdefresno y Couto de Fornilhos; un encierro de carnes desiguales y casta medida, que obligó a los de luces a sacar la moneda del esfuerzo y la pureza para que la tarde no naufragara en el océano del tedio.
El argumento épico de la tarde llevó con letras de fuego el nombre de Cristian Pérez. El segundo, de típica y fría salida atanasia, se templó milagrosamente en el capote del albaceteño. Tras cumplir en el peto, Pérez se plantó en el centro del ruedo y ejecutó un quite por gaoneras con el capote a la espalda. El ajuste fue cardíaco; se libró del percance por milímetros en una de esas demostraciones de pura osadía que encienden los tendidos. Hubo emoción y un brindis henchido de gratitud al equipo médico de la plaza, los ángeles de paisano que le salvaron la vida el pasado mes de abril. La faena de muleta al de Valdefresno, un toro móvil pero falto de entrega, tuvo el sello de la responsabilidad. Por el pitón derecho extrajo las mejores series antes de que el animal se rajara de forma irremediable. Una estocada soberbia, letal y volcánica le hizo valedor de una oreja de un peso incuestionable.
La apoteosis y el drama se citaron en el quinto. Un toro hondo, grande, que tomó un puyazo antológico de Santiago Pérez en un tercio de varas para el recuerdo. Tras un vistoso quite de Peñaranda, Cristian Pérez tomó la muleta, brindó al respetable y se plantó en los medios. El toro se vino con el galope pavoroso de un tren desde el tendido siete. En las primeras de cambio, al tercer muletazo, el de Valdefresno derrotó por arriba y prendió al torero en una voltereta espeluznante. El impacto contra el albero fue seco, brutal. Pérez entró seminconsciente a la enfermería con el alma en vilo de la plaza.
Pero el milagro de la raza taurina se obró en minutos: el albaceteño, maltrecho y con el vestido de luces desgarrado, regresó al ruedo con los ojos encendidos de gloria. El toro buscaba ya la querencia de las tablas, manso de libro, pero en ese terreno Pérez le planteó una pelea de uno en uno, en paralelo a las maderas, con un eco dramático y pasional que electrizó Las Ventas. Cerró por manoletinas de infarto. Los dos pinchazos previos a la estocada final le privaron de la codiciada Puerta Grande, pero la vuelta al ruedo posterior al aviso tuvo el sabor imperecedero de los triunfos inmortales.
Antes, abrió plaza un astado de Couto de Fornilhos justo de presencia y ayuno de celo para Juan Pablo Sánchez. Fue un animal desvaído que pasó por los primeros tercios como un burócrata cumple un trámite. Sin embargo, el mexicano, con la firmeza que le caracteriza, comenzó la labor con la rodilla flexionada, sometiendo las desordenadas embestidas y obligando al toro a entregarse por momentos en la muleta. El azteca cuajó dos tandas de impecable compás, ligadas con temple milimétrico. Pero la ilusión fue un espejismo: tras dos enganchones inevitables, el de Couto echó la persiana, se defendió por arriba y dejó al torero con el único argumento de su firmeza. Mató de media estocada caída y el silencio firmó su primer capítulo.
El cuarto de la tarde, de la divisa de Valdefresno, lució una estampa seria, carbonera y encajada, que prometía mayores glorias. Fue cuidado en el caballo, pero en banderillas ya delató su condición errática. Tuvo movilidad, sí, pero una movilidad engañosa, con el defecto insondable de soltar la cara arriba al final de cada muletazo. Sánchez lo intentó todo, espaciando los tiempos, buscando el sosiego entre pase y pase para taparle los defectos. No obstante, la mansedumbre impuso su ley de plomo en la tercera serie y el astado se atrincheró en su actitud defensiva. Tras un pinchazo hondo y el uso del descabello, se repitió el respetuoso silencio de la cátedra.
Alejandro Peñaranda sorteó en tercer lugar un ejemplar basto y suelto de carnes que desarrolló una mansedumbre violenta y bronca. El conquense anduvo inteligente, sin darse coba ante un enemigo que solo buscaba el pecho del torero o la huida descompuesta. Abrevió con criterio y fue silenciado. Sin embargo, el sexto le permitió mostrar la excelente dimensión que atesora. Peñaranda paró al de Couto de Fornilhos con suavidad capotera. El toro, que fue a más en la muleta, ofreció ritmo y transmisión. Tras un emotivo inicio genuflexo en el tercio, Peñaranda ligó dos tandas diestras excelsas, de trazo largo y hondo, que hicieron crujir el cemento venteño. Por el izquierdo el natural brotó largo y templado, haciendo sonar la música callada del toreo. Hubo torería en los doblones de cierre por abajo, pero la espada —ese juez implacable— entró al segundo intento y el descabello posterior enfrió una petición de oreja que ya estaba madura. La ovación final hizo justicia a su prometedor concepto.
Ficha del Festejo
Plaza: Monumental de Las Ventas (Madrid). Corrida de toros.
Ganaderías: Toros de Valdefresno (2º, 4º y 5º) y Couto de Fornilhos (1º, 3º y 6º), desiguales de presentación, de juego manso y complicado en líneas generales; el 5º tuvo transmisión en su mansedumbre y el 6º nobleza, ritmo y duración.
Espadas:
JUAN PABLO SÁNCHEZ: Silencio y silencio.
CRISTIAN PÉREZ: Oreja tras aviso y vuelta al ruedo tras aviso.
ALEJANDRO PEÑARANDA: Silencio y ovación tras aviso.
Incidencias: Al finalizar el paseíllo, Cristian Pérez saludó una clamorosa ovación desde el tercio. Destacó en el quinto de la tarde el picador Santiago Pérez, que firmó un soberbio tercio de varas. El diestro Cristian Pérez fue atendido en la enfermería tras una severa voltereta en el quinto, regresando heroicamente al ruedo para dar muerte al astado.