Una tarde de brega, paciencia y pasajes de alta escuela en el albero de Plasencia frente a la cambiante condición de Núñez de Tarifa.
Sonaron con la solemnidad de las grandes citas los acordes del Himno Nacional de España en la hermosa plaza de toros de Plasencia, rompiendo el expectante runrún de una media entrada sedienta de buen toreo. Se abría así la Feria Taurina de 2026, bajo un cielo preñado de ilusiones donde tres conceptos excelsos habrían de medirse a un encierro de Núñez de Tarifa que, si bien ofreció matices de transmisión, obligó a los espadas a rebuscar en la despensa del oficio, el lirismo y el pundonor.
Manzanares: La maestría del trazo y el bálsamo del tiempo
Abrió plaza José María Manzanares saludando al primero de la tarde con el empaque que le caracteriza. Hubo verónicas de sedosa cadencia, templadas, ganando terreno hacia los medios, rematadas con una media de cartel que encendió el eco inmediato en los tendidos extremeños. Aquello prometía. Ya con la muleta, el alicantino cuajó los mejores pasajes sobre la diestra, ligando series notables donde la figura se desmayó en pos de la estética. Sin embargo, el de Núñez de Tarifa comenzó a protestar por el pitón izquierdo, ofreciendo una embestida discontinua y de menor calidad que deslució el tramo final. Para colmo, la espada cayó baja, privándole de pasear un trofeo legítimo y trocando el premio en una cariñosa ovación.
Pero el magisterio de Manzanares habría de descorcharse frente al cuarto, un animal reservón que se guardó las arrancadas y jamás regaló una embestida. Fue una labor de cirujano, fundamentada en una paciencia infinita. Sabiendo que el astado no soportaría tirones, el diestro lo sobó a media altura, pulgada a pulgada, hilvanando una faena que fue creciendo en intensidad conforme el público entendía el mérito de la empresa. El clímax llegó en la última serie diestra: Manzanares le bajó la mano con un mando imperial, obligando al toro a entregarse donde no quería. Tras una estocada entera, la oreja cayó por ley a sus manos tras escuchar un aviso.
Emilio de Justo: El fuego sagrado del toreo al natural
Emilio de Justo jugaba en su feudo y el eco de su ardor guerrero se percibió desde que pisó el albero. Recibió a su primero con un ramillete de verónicas preñadas de compás y unas chicuelinas ceñidas que calentaron el ambiente. El inicio de faena, rodilla en tierra pegado a las tablas, fue una declaración de intenciones. La cumbre de su obra llegó al natural. El astado, que transmitía y humillaba con calidad, se topó con la mano izquierda excelsa del extremeño, que lo exprimió en series hondas, eternas, donde el trazo se volvía un lamento sagrado. Lástima que el acero —una media estocada y reiterados fallos con el descabello— enfriara un triunfo de clamor, quedando todo en una ovación tras aviso que supo a poco.
Ese sabor amargo lo espoleó en el quinto. Tras un quite por chicuelinas que fue el preludio de una tormenta de pasiones, Emilio comenzó su labor de muleta de hinojos en el centro del anillo. Un par de derechazos vibrantes, un molinete inverosímil y un soberbio pase de pecho pusieron a la plaza en pie. Entendió el matador las teclas de su enemigo, sometiéndolo por el pitón izquierdo con una profundidad incontestable. Variada, completa y rematada con artísticas manoletinas, la faena se rubricó con una estocada inapelable. Se pidió con fuerza la segunda oreja, pero el palco, rácano y carente de sensibilidad popular, se conformó con otorgar un único trofeo ante la sonora bronca del respetable hacia la usía.
Pablo Aguado: Lirismo torero frente a la adversidad
El tercero de la tarde salió suelto, desentendido, pero Pablo Aguado tiene el don de la torería innata. Lo recogió en los medios con tres verónicas deletreadas, un monumento al temple que justificaba por sí solo el viaje a Plasencia. Tras un inicio de faena de hondo sabor clásico, el sevillano tuvo que inventarse una labor meritoria ante las crecientes complicaciones del astado. Aguado opuso su clase excelsa como único dique frente a la falta de entrega del de Núñez de Tarifa, pero tras un pinchazo, una estocada y el uso del descabello, el silencio —tras aviso— cubrió la plaza, no sin antes aplaudir el gran tercio de banderillas de Iván García y Sánchez Araujo, que se desmonteraron entre la admiración del cónclave.
Poco pudo hacer ante el sexto, un toro que pareció salir al ruedo con el "freno de mano" echado. Le faltó ritmo, casta y viaje al deslucido astado. Aguado puso todo el empeño del mundo, se colocó en el sitio del peligro y mostró una disposición encomiable, pero la faena careció de materia prima para el lucimiento. Concluyó la tarde en un respetuoso silencio para el sevillano, quien demostró que la torería no se pierde ni cuando el viento sopla en contra.
Ficha del Festejo:
Plaza de toros: Plasencia (Cáceres). Primer festejo de la Feria Taurina de Plasencia 2026.
Entrada: Media entrada.
Ganadería: Toros de Núñez de Tarifa, de juego desigual y presentación correcta.
Diestros:
o JOSÉ MARÍA MANZANARES: Ovación y oreja tras aviso.
o EMILIO DE JUSTO: Ovación tras aviso y oreja con fuerte petición de la segunda.
o PABLO AGUADO: Silencio tras aviso y ovación.
• Incidencias: Al finalizar el paseíllo, sonaron los acordes del Himno Nacional de España. Iván García y Javier Sánchez Araujo se desmonteraron tras parear brillantemente al tercero.