La gracia, la entrega y el perfume del arte sevillano conquista la Plaza Real
Pablo Aguado desataca una obra de arte para la historia en el tercero, mientras Morante regala pasajes de pura torería y Roca Rey tira de poderío en una tarde de «No hay billetes»

Manolo Herrera
Redactor

Ficha del Festejo
PlazaPlaza Real de El Puerto de Santa Maria
GanaderíaJoaquin Nuñez del Cuvillo
MORANTE DE LA PUEBLA
OVACION Y OREJA
ROCA REY
OREJA Y OREJA
PABLO AGUADO
DOS OREJAS Y SILENCIO
Tarde de poniente, de brisa marinera y de expectación máxima en la Plaza Real. El cartel de «no hay billetes» colgado en las taquillas presagiaba una de esas citas que marcan temporada, y el coso portuense no defraudó. En el ruedo, una corrida de Núñez del Cuvillo, correcta de presentación y de juego variado, que tuvo en el tercero a su ejemplar más completo, premiado con la vuelta al ruedo.
El toreo eterno de Pablo Aguado
Lo de Pablo Aguado en el tercero de la tarde no fue solo una faena: fue un tratado de la escuela sevillana, una lección de esas que los abuelos terminarán contando a sus nietos. Ya de salida lanceó a la verónica con un templo y una pausa primorosos, para desbordar arte en un quite por tafalleras digno de proyectar en las escuelas taurinas. Sorprendió el sevillano al coger los palos y cuajar un tercio de banderillas deslumbrante, culminado con un tercer par al quiebro sencillamente sublime.
Con la muleta llegó el reencuentro total con su esencia y con el legado de Pepe Luis Vázquez. Fue una faena monumental, profunda y cargada de torería ante un toro encastado que tuvo el premio del círculo azul. Tras una gran estocada, se le concedieron las dos orejas rotundas.
En el sexto, un animal suelto y desentendido de salida, Aguado volvió a cruzar la línea con una media de antología. Faena muy asentada, por encima de las condiciones del de Cuvillo, aunque esta vez la espada le privó de redondear la cumbre, quedando todo en silencio.
La torería y el duende de Morante
Morante de la Puebla no tuvo opción de capa en su primero, un toro distraído y sin entrega. Sin embargo, a base de pinturería, dejó destellos sueltos y pases impregnados de ese aroma único que mantiene al respetable con el «ole» en la boca, rematando con media estocada en buen sitio para escuchar una ovación.
Lo gordo vino en el cuarto, un toro nada fácil al que Morante saludó con faroles de pie y chicuelinas, coronadas con una media verónica de cartelera. Al iniciar la faena con el célebre «cartucho del pescado», el de La Puebla cuajó una obra para el recuerdo de esta plaza. Sin tandas rotundamente completas, pero con cada muletazo impregnado de una elegancia y un matiz tan entregados que incluso llegó a ponerse en apuros en varios pasajes. Tras una gran estocada, paseó una oreja de mucho peso.
El poder y la firmeza de Roca Rey
Andrés Roca Rey se encontró en primer lugar con otro mansófono de Cuvillo. Tras un arriesgado quite por gaoneras, el peruano tuvo el gesto de brindar la muerte del toro a Morante, escenificando la paz tras sus conocidos encontronazos. El de Lima comenzó asustando al respetable, cambiando los «oles» por los «uys», para luego imponer su ley con la diestra, llevando muy lejos la embestida. Estocada y oreja a la firmeza.
En el quinto volvió a dejar patente su capacidad. Inédito de capa, encendió la plaza en un quite donde combinó chicuelinas, gaoneras y serpentinas. Con la muleta desarrolló su tauromaquia característica: faena de mano baja, de ligazón y muchos pases, aunque acusando cierta falta de acople con las exigentes embestidas del encastado ejemplar de Cuvillo. Tras otra estocada contundente, sumó su segunda oreja de la tarde.
FICHA DEL FESTEJO
Plaza Real de El Puerto de Santa María. Domingo 2 de agosto. Tercera de abono. Lleno de «no hay billetes» en tarde de brisa de poniente.
Toros de Joaquín Núñez del Cuvillo, correctos de presentación y de juego variado. El 3º fue premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre.
José Antonio Morante de la Puebla (mandarina e hilo blanco): Ovación y oreja.
Andrés Roca Rey (grana y oro): Oreja y oreja.
Pablo Aguado (berenjena y oro): Dos orejas y silencio.





































