Una tarde de imponente trapío en El Tiemblo donde la espada restó trofeos, el palco pecó de rigidez y se homenajeó el alma ganadera de Cortijo de Frías.
Se respiraba en los tendidos de El Tiemblo esa emoción tan pura que solo es capaz de concitar el toro con mayúsculas. Con tres cuartos de entrada en el coso abulense, la corrida de los Herederos de Baltasar Ibán Valdés trajo consigo la seriedad, el trapío y esa exigencia que dignifica la fiesta y pone a prueba el carné de los de luces. Una tarde de examen donde el triunfo se cotizó caro y los aceros emborronaron obras de gran calado lírico y técnico.
Morenito de Aranda: El magisterio del temple y la verticalidad
El primero de la tarde fue un pavo: arrogante, largo, hondo y con un imponente volumen, luciendo además el defecto de ir bizco del pitón derecho. En el caballo tardó en emplearse; tras un largo primer puyazo, protestó en el segundo y salió suelto. Morenito de Aranda anduvo lidiador y poderoso, doblándose de salida para domeñar aquella áspera embestida. Al de Ibán le costó un mundo romper hacia adelante y el burgalés tuvo que macerarlo con oficio. Tras una estocada trasera y atravesada que requirió el uso del descabello, el silencio —tras escuchar un aviso— hizo acto de presencia.
La gran dimensión de Morenito llegó en el cuarto, un astado de irreprochable fachada, bajo, fino de hechuras, pero con una seriedad en sus pitones que apuntaban al cielo tembleño, levantando una cerrada ovación de salida. Tras dos señores puyazos de Héctor Piña volcándose sobre el morrillo, el toro hizo honor a sus buenas hechuras y rompió a embestir con boyantía.
Morenito de Aranda cuajó una labor de alta nota, inspiradísimo en los remates y rotundo en el toreo fundamental.
La faena alcanzó las cotas de la excelencia al natural; el burgalés, encajado y muy vertical, arrastró media muleta por la arena en una última tanda colosal. Sin embargo, tras media estocada arriba y el uso del descabello, el palco cerró los ojos a la unánime petición de oreja. La vuelta al ruedo tras aviso supo a gloria bendita.
Gómez del Pilar: Firmeza de acero y una oreja de ley
El segundo, otro toro de gran trapío que abría mucho la cara, no quiso emplearse en el caballo. En banderillas pintaron bastos: el animal se emplazó en los medios, desentendido y con una alarmante falta de fijeza que complicó la existencia a la cuadrilla. En la muleta, Gómez del Pilar tiró de esa firmeza granítica que le caracteriza, provocando la remisa embestida con la verdad por delante. Fue imposible el lucimiento ante un oponente tan deslucido y la espada, que se fue abajo, abrochó la actuación en silencio.
Cambió la decoración en el quinto, un astado más alto de cruz pero excelentemente armado. El de Ibán embistió de forma rebrincada y descompuesta, pero el torero toledano no se dejó intimidar. Con un dominio absoluto y sin ambages, Gómez del Pilar le planteó la guerra en la corta distancia, pisando los terrenos de la quema para extraerle hasta el último muletazo con un mérito incuestionable. Tras sonar un aviso y dejar una estocada defectuosa, la presidencia —esta vez sí— fue sensible al clamor popular y concedió una oreja ganada a ley y a pulso.
Juan de Castilla: Entrega indomable y aroma de circulares
El tercero, algo más bajo de hechuras y enseñando las puntas por delante, se lo puso difícil a los de plata en los capotes por su tendencia a salir suelto. En los medios, con el astado parado, Raúl Cervantes firmó un tercio de banderillas de muchísimo mérito. Pero si algo define al colombiano Juan de Castilla es una actitud indomable, un valor diferencial. Cuando se quedó a solas con el de Ibán, este rompió a embestir con transmisión. El animal se abría mucho, lo que permitió al cafetero engancharlo desde muy lejos con la muleta, trayéndoselo toreado para reunirse con él en un emocionante embroque. En las postrimerías el toro se rajó, cerrando Castilla por manoletinas. El de Ibán vendió cara su muerte y, tras un espadazo en todo lo alto, se atragantó el verduguillo, quedando el premio en una ovación tras aviso.
Juan de Castilla salió a morder en el sexto, de mayor alzada y volumen. El preludio fue un sensacional tercio de banderillas a cargo de Marcos Prieto, que saludó montera en mano. El colombiano no se guardó nada y comenzó su labor de muleta de rodillas en los medios, desatando la emoción. El astado no ofreció facilidades, vendiendo cada arrancada, pero Castilla, a base de capacidad, lo metió en el canasto y redondeó varios circulares eternos en el centro del anillo que tuvieron enorme calado. De nuevo, la espada funcionó como un apagón de trofeos y todo quedó en palmas tras aviso tras una tarde muy entonada del diestro.
El epílogo de la gratitud
Más allá de lo sucedido con el percal y la franela, la tarde guardó un emotivo rincón para la justicia ganadera. El Ayuntamiento de El Tiemblo entregó un merecido reconocimiento a Domingo González, mayoral de la divisa de Baltasar Ibán, premiando la excelente y callada labor de un hombre que custodia en el campo charro el misterio y la bravura de una estirpe legendaria.
Ficha del Festejo
Plaza de toros: El Tiemblo (Ávila). Corrida de toros. Tres cuartos de entrada en los tendidos.
Ganadería: Toros de los Herederos de Baltasar Ibán Valdés, de imponente trapío, serios y de juego variado e interesante; destacaron el enclasado cuarto y el entregado tercero.
Espadas:
o MORENITO DE ARANDA: Silencio tras aviso y Vuelta al ruedo tras aviso con fuerte petición.
o GÓMEZ DEL PILAR: Silencio y Oreja tras aviso.
o JUAN DE CASTILLA: Ovación tras aviso y Palmas tras aviso.
• Incidencias: El Ayuntamiento de El Tiemblo entregó un recuerdo como homenaje a la excelente labor de Domingo González, mayoral de Baltasar Ibán. En el sexto de la tarde, el banderillero Marcos Prieto saludó tras parear con brillantez.