Crónicas

92 años sin Ignacio Sánchez Mejías: el torero que quiso vivirlo todo

Noventa y dos años después de su muerte, Ignacio Sánchez Mejías continúa siendo una figura difícil de encerrar en una sola palabra. Fue torero, escritor, dramaturgo, cronista, deportista, presidente del Betis y mecenas de los jóvenes poetas que formarían la Generación del 27. Su muerte en la plaza de Manzanares, el 13 de agosto de 1934, lo convirtió en leyenda, pero su trayectoria demuestra que su vida fue mucho más amplia que aquella tragedia.

Ana Teresa Ramos

Ana Teresa Ramos

Redactor

13 de Agosto de 2026
92 años sin Ignacio Sánchez Mejías: el torero que quiso vivirlo todo
Manzanares, 13 de agosto de 1934. Hace 92 años, la muerte de Ignacio Sánchez Mejías entraba en la historia de España. Dos días antes, el 11 de agosto, un toro llamado Granadino le había propinado una cornada en la plaza de Manzanares. La herida, inicialmente grave pero no necesariamente mortal, terminó complicándose con una gangrena. Aquel lunes de agosto, a los 43 años, moría uno de los personajes más singulares de la España de la Edad de Plata.

Pero reducir a Sánchez Mejías a la imagen del torero que murió corneado sería quedarse solamente con el último capítulo de una vida extraordinaria.

Nacido en Sevilla el 6 de junio de 1891, Ignacio creció en una familia acomodada. Su padre, médico, quería que siguiera sus pasos. Él, sin embargo, tenía otros planes. Su carácter inquieto y aventurero lo llevó a abandonar muy joven su casa y embarcarse hacia América. En México comenzó su carrera taurina como banderillero en 1910 y, tras regresar a España, compartió cartel y cuadrilla con algunas de las grandes figuras de la época.

Entre ellas estaba Joselito el Gallo, su cuñado y una de las grandes referencias de su vida. Sánchez Mejías terminó convirtiéndose en matador de toros y tomó la alternativa en Barcelona en 1919. Sobre el ruedo construyó una personalidad propia, marcada por el valor, la ambición y un carácter que no pasaba desapercibido.

Sin embargo, los toros nunca fueron suficientes para él.

Sánchez Mejías quiso explorar otros mundos. Fue escritor y dramaturgo, publicó crónicas y se interesó por las nuevas corrientes literarias y artísticas. En 1928 estrenó Sinrazón, una obra teatral con elementos vinculados al psicoanálisis, y posteriormente escribió Zaya y otras piezas. También cultivó la narrativa y dejó inacabada la novela Las amarguras del triunfo.

Su relación con la cultura española de los años veinte fue todavía más profunda. Sánchez Mejías fue uno de los grandes impulsores del homenaje a Luis de Góngora celebrado en 1927, acontecimiento considerado fundamental en la historia de la llamada Generación del 27. Su casa se convirtió en lugar de encuentro para escritores y artistas como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso y otros jóvenes intelectuales.

Fue, en definitiva, un hombre que se movía con naturalidad entre mundos aparentemente opuestos: el ruedo y la literatura, el deporte y el teatro, Sevilla y las vanguardias.

También fue presidente del Real Betis Balompié y de la Cruz Roja sevillana, practicó deportes como el polo y el automovilismo y llegó incluso a participar en proyectos relacionados con la aviación. Su trayectoria fue tan diversa que resulta difícil encontrar una etiqueta capaz de definirlo por completo.

Y entonces llegó 1934...

Después de varios años alejado de los ruedos, Sánchez Mejías decidió volver a torear. El regreso sería breve. El 11 de agosto, en Manzanares, sustituyó a Domingo Ortega, que no podía participar por lesión. Frente al toro Granadino sufrió la cornada que acabaría con su vida. Dos días después, la infección se agravó y murió en Madrid.

La tragedia habría quedado ya grabada en la memoria taurina, pero ocurrió algo más: Federico García Lorca convirtió aquella muerte en poesía.

Su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, compuesto en cuatro partes —La cogida y la muerte, La sangre derramada, Cuerpo presente y Alma ausente—, transformó al torero en un personaje universal. La obra fue publicada en 1935 y se convirtió en una de las grandes elegías de la literatura española.

Desde entonces, Sánchez Mejías dejó de pertenecer únicamente a la historia del toreo. Pasó a formar parte también de la memoria literaria de España.

Noventa y dos años después, su figura sigue resultando fascinante precisamente porque no cabe en una plaza de toros. Fue torero, sí, pero también escritor, dramaturgo, cronista, deportista, dirigente y mecenas. Fue un hombre de acción que quiso participar en todo aquello que despertaba su curiosidad.

Su muerte ocurrió hace 92 años. Su leyenda, sin embargo, sigue viva.

Y cada 13 de agosto, cuando se recuerda a Ignacio Sánchez Mejías, vuelve inevitablemente aquella hora que Federico García Lorca convirtió en eternidad: las cinco de la tarde.

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