El 5 de julio de 1953, el torero de Écija conmovió los cimientos de la Maestranza frente a los novillos de Felipe Bartolomé, abriendo de par en par el portón de la gloria en una tarde que marcó el prólogo de su arrolladora autenticidad.
Hay fechas que no pertenecen al almanaque corriente, sino al inventario de los mitos. El discurrir del tiempo, a menudo tan implacable y desmemoriado, se detiene en seco cuando se invocan tardes donde la verdad del toreo se impuso sin condiciones. Hoy, 5 de julio, conviene volver la vista atrás para recordar el eco de unos clarines que, en 1953, anunciaban en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla algo más que una simple novillada de expectación: se fraguaba el nacimiento de un titán.
Aquel domingo de julio, el albero sevillano fue testigo de la eclosión de Jaime Ostos. El torero de Écija, poseedor de un valor indómito y de una determinación que más tarde lo encumbraría como el "Corazón de León" del toreo, firmó una de las páginas más hermosas de su etapa novilleril. No era plaza fácil la de Sevilla, nunca lo ha sido para quienes osan conquistarla con el pecho por delante y la espada como argumento supremo. Sin embargo, Ostos traía el destino marcado en la mirada.
Frente a un encierro de Felipe Bartolomé, ganadería que exigía el carné de identidad y el temple justo, el ecijano desplegó su tauromaquia de entrega absoluta. A su primero le arrancó un apéndice de peso tras una faena de firmeza y colocación. Pero fue en el quinto de la tarde donde saltó la chispa de la apoteosis. Un trasteo de enorme vibración, cargado de esa raza indomable que siempre le caracterizó, culminado con la contundencia de un cañón. Dos orejas inapelables y el clamor unánime de una plaza entregada.
Aquella tarde la terna no se quedó a la zaga en interés. Abrió el cartel el diestro mexicano Miguel Ángel, quien dejó destellos de la personalidad y el misticismo del toreo azteca, logrando cortar una oreja de peso. Completó el paseíllo el siempre elegante Andrés Luque Gago, un torero de dinastía que puso la sal del arte y el oficio en el coso del Baratillo.
Pero la gloria de la jornada tenía un dueño absoluto. Cuando caía la tarde sobre el Jueves Santo de la temporada sevillana en pleno julio, Jaime Ostos cruzaba a hombros la Puerta del Príncipe. Aquel chiquillo que desafiaba a los elementos salía catapultado hacia la cumbre del toreo. Setenta y tres años después, aquel triunfo sonoro sigue siendo el reflejo de una época dorada; el recordatorio de que la Maestranza no se entrega al artificio, sino a los hombres que, como Ostos, son capaces de jugarse la vida sin trampa ni cartón.