Tras veinticinco años de genialidad al frente de la plaza de Istres, el matador y empresario se retira de la gestión dejando un legado de ferias de autor y el reconocimiento unánime del planeta de los toros.
El tiempo, ese juez implacable que todo lo mide, dictó este domingo el cierre de un ciclo dorado en el sur de Francia. No solo caía el telón de la notable Feria de 2026; se clausuraba, entre la emoción contenida y el clamor unánime, el cuarto de siglo que ha transformado el destino del coso de El Palio. Bernard Marsella, el hombre que enseñó al mundo a mirar hacia Istres, decía adiós a su gestión. Y lo hizo como solo los grandes abandonan el ruedo: por la puerta grande de la gratitud eterna.
Al romperse el último paseíllo del festival que abrochaba el abono, el albero de El Palio mudó su condición de escenario para convertirse en un templo de la memoria. Allí, donde durante veinticinco años Marsella esculpió sus sueños de despachos y arena, se le rindió un homenaje de una justicia poética incuestionable.
"Vas a volver a casa... aunque desde el año 2000 tu casa está aquí", resonó en los altavoces, quebrando la tarde con unas palabras que brotaban directas del corazón de una afición que se sabe huérfana de su guía.
El milagro de una feria de autor
La trayectoria de Bernard Marsella es la de un romántico que supo dotar a la tauromaquia de una imaginación desbordante. Matador de toros en su juventud y hombre curtido en los mil oficios de la vida —como el del aroma del café que alguna vez comercializó—, aplicó a su faceta empresarial la finura del buen catador y la osadía del torero.
Bajo su timón, Istres dejó de ser una plaza periférica para erigirse en la gran puerta de entrada del verano taurino francés y un referente de categoría internacional. Su legado está jalonado por hitos que ya pertenecen a la antología del toreo contemporáneo:
Las reapariciones históricas de Joselito y El Fundi.
La encerrona de los seis toros de Enrique Ponce.
El deslumbrante debut con caballos del prodigio Marco Pérez.
Y como último y magistral canto de cisne, el regreso de César Rincón a suelo francés el pasado domingo.
Un adiós con honores de figura
"La vida tiene más imaginación que nuestros sueños", se escuchó en el ruedo, evocando una máxima que Marsella hizo suya en cada cartelería. Su fórmula no conoció el acomodo: en sus combinaciones convivieron el fuste de las máximas figuras con la frescura de los jóvenes valores, todo ello vertebrado por el rigor en la selección ganadera.
Consumado el tributo y entregada la placa que atestigua este primer cuarto de siglo de entrega, la emoción desbordó el protocolo. Bernard Marsella no abandonó su plaza a pie; salió del coso alzado en volandas, a hombros de la cuadrilla del reconocimiento y junto a los propios toreros. Un epílogo de luces para un hombre que, más allá de gestionar un coso, sembró de orgullo y afición la tierra de Istres. La historia le guarda, desde hoy, su sitio de privilegio.